lunes, 14 de marzo de 2011

Un soñador de pelo largo



Me estrenaba como adolescente cuando lo escuché por primera vez. 
Mis amigos mayores coleccionaban sus discos. Uno regresaba de Monterrey ,  otro de México, ambos acarreaban sus discos y prendados de ellos, los sueños de juventud.  

España vivía  tiempos oscuros, tiempos de  una dictadura  que intoxicó   por 36 años a la península, y reprimió al temerario que se atrevió a expresar algún pensamiento libertario. 

Joan Manuel Serrat  conoció la censura, postura  fascista que  le impidió cantar en su lengua materna  el tema “La, la, la” en  el  Festival  Eurovisión de 1968.  El gobierno opresor extendió el veto a  la radio y televisión españolas, lo que obligó  al artista a buscar nuevos horizontes.  
   
Que va a ser de ti lejos de casa 

Había transcurrido tan solo un año de la matanza de Tlatelolco cuando la UNAM, le abrió  amorosamente los brazos  para presentar su disco La paloma en la Facultad de Filosofía y Letras.  Los universitarios se identificaron con su canto y Joan Manuel se convirtió en un referente obligado.  

Serrat  se encontraba en México en 1975, cuando se pronunció contra  la condena de muerte de cinco militantes del Frente Revolucionario  Antifascista  y Patriota  (Frap) y Euskadi Ta Askatasuna (Eta). La dictadura respondió acorde a su naturaleza y  el artista  sufrió  el destierro.
Capitaneando  a  un  grupo trashumante, Serrat  abordó un camión bautizado como” La gordita”,  con el que  corrió la legua  por los caminos de México, lidiando en algunas plazas  con  modestos presupuestos.  Aquel año promocionaba su disco Piel de manzana, concierto que  presencié  en el Cinema Río 70 de la ciudad de Monterrey, y en el que por cierto, el artista  reprendió  a un sujeto  que  durante la presentación charlaba campanudamente.  Comprendí que el catalán era de mecha corta.
Como no hay mal que dure 100 años, ni dictador que los aguante, la biología hizo su trabajo y Francisco Franco Bahamonde  falleció el 20 de noviembre de 1975. España se liberó del tirano y Serrat pudo regresar a su tierra.
  
Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar 
Cuando mi hijo  Luis Fernando descubrió en mi estudio  un disco de vinil de 33 RPM., abrió los ojos desmesuradamente, y me preguntó :
¡¿ Qué es esto? ! 

Era el disco dedicado a  Antonio Machado, con el que Serrat nos enseñó  que cuando la  poesía se funde con la música, el resultado es vibrante y gozoso: “ Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro, donde madura el limonero…”.  El mismo efecto  mágico se repitió  en el disco que le dedica a  Miguel Hernández, dueño de una poesía profundamente dolorosa, eco  palpitante  de los horrores de la Guerra Civil.  Recordemos juntos la primera línea de Elegía: “ En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé a quien tanto quería…”.  Machado, Hernández y Serrat  son poetas que expresan bajo el amparo del verbo lo que todos sentimos.  Influenciado poética y musicalmente por la chanson  francesa de Jacques Brel y Georges BrassensSerrat  llevó  el arte de la poesía a las masas.     
                              
Cómo no te voy a querer

Después de 41 años, nuevamente la UNAM recibió  jubilosamente a Serrat para otorgarle la Medalla Centenario.  En el evento el rector Dr. José Narro Robles afirmó: " Serrat como figura pública sigue defendiendo los mismos principios que defendió desde su juventud.  Continúa  vigente porque sigue enseñándonos con su canto, con su palabra y con su poesía, que incluso a través de la tristeza se puede encontrar parte de la felicidad".

Las palabras del rector, me recordaron que en los tiempos preparatorianos una tarde escuchaba a  Serrat, cuando mi madre entreabrió la puerta y me dijo: “Qué música tan triste escuchas”.  

Se refería a “Mi niñez “, canción que con la obstinada acción de tocarla en mi tornamesa, una y otra vez, el disco  se estropeó para siempre.  
El que no se ha lisiado es el recuerdo: ejercitarlo es un privilegio que me permite mi amigo Francisco Javier Quirrín.  

Añado: un colibrí ha anidado en mi jardín. Un prodigioso acto de la naturaleza que presagia tiempos mejores.  ¡Bienvenido seas!


La joya del paraíso


                     
Su vuelo es intermitente: avanza, para, observa, se eleva y luego, en una suerte de acto  circense, retrocede en un  vuelo perfecto que pretende imitar el helicóptero. Es el colibrí.  Ave diminuta que solo visita  -dicen-  las casas de la gente buena.  
En el período prehispánico, las tribus nahuas adoraron como su principal Dios a Huitzilopoztli o “colibrí del sur”.  Fue  precisamente este Dios,  encarnado en un colibrí, quien guió a los nahuas hasta encontrar al águila devorando una serpiente, afortunada señal que marcaría la fundación de la gran Tenochtitlán.
La arqueóloga del INAH  Laurette  Sejourné, sostiene que en  el lenguaje esotérico náhuatl, el colibrí significa  “El alma del guerrero que regresa del paraíso”.             
   
                             Maximiliano en la jungla 

 El regiomontano universal Alfonso Reyes, nos legó un interesante ensayo titulado “Maximiliano descubre el colibrí”, en el que relata la afición científico-literaria del noble austriaco, al emprender  un  largo viaje al  Brasil  acompañado de un profesor de botánica, un pintor, un médico y  un numeroso séquito.
 El archiduque internado en la jungla observó al colibrí y maravillado  lo bautizó como “La joya del paraíso”. Los brasileños le llaman Beija-flor, ( Besa flor) ave originaria del continente americano que es imposible mantener en cautiverio.   
El Maximiliano intelectual nos ofreció  una imagen febril que retrata  a la perfección a  la avecilla: “Es semejante a las imágenes del sueño, aparece cuando menos se le espera y huye cuando más nos atrae”. Si como dicen, el encuentro con un colibrí es considerado como un buen augurio, en el caso de Maximiliano, el presagio actuó de manera diferente en su aventura mexicana.

                           La inspiración de un cubano

Poetas, literatos y cantores se han inspirado en el colibrí, como  Alejandro García Virulo”, cubano que hizo de México su segunda patria  y  de Sonora un rincón apreciado. El artista escribió un tema de corte infantil, que recuerda a un peculiar colibrí que “estornudaba con las flores” y que al conocer una librería, “imaginó a los libros como flores de muchos pétalos y se asomó a un mundo lleno de colores… Y tanto pudo ver que quiso y aprendió a leer “.  Virulo nos regala  un bello tema musical  y  poético,  que en su mensaje didáctico incentiva a la lectura.  
 
                       La fábula del colibrí y el oso 

Se cuenta que había un gran incendio en el bosque y un colibrí pasó cerca de un oso a alta velocidad.  El oso alarmado  le preguntó: “¿Colibrí, a donde vas con tanta prisa?  El ave le respondió: “Estoy llevando agua con mi pico para apagar el incendio del bosque”. El oso malhumorado lo increpó: “¡Pero si es muy poca el agua que puedes llevar!”.  Y el colibrí con sabiduría contestó: “Yo sólo estoy haciendo mi parte”.

José Martí dijo que “Las verdades elementales caben en el ala de un colibrí”.  Esto debe ser cierto, pues en el ala de mi colibrí hay una  leyenda que reza: “Mi madre es una mujer  excepcional”.  

Que se restablezca pronto mamá. Su hijo que la adora.
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viernes, 11 de febrero de 2011

Don Valor y su reloj suizo



Don Valor llegó puntual al taller Arruza.  Tenía pendiente contarnos el desenlace de su accidente: “ Acomódense lo mejor que puedan, les voy a contar”.  Nos platicó  que la caída con su caballo percherón en la Toma de Zacatecas, le acarreó una pierna rota y una severa contusión en la cabeza.
“ Antes de esa caída  yo era muy serio, muy introvertido, como dicen ahora,  y  yo digo que  el santo porrazo en la cabeza me cambió ”.  Pancho Villa decidió que durante  la convalecencia, el joven revolucionario aprendiera un oficio y  fue así que lo nombró telegrafista, puesto que conservó hasta que arribó al poder don Adolfo Ruiz Cortines.   
En una remota estación ferroviaria en el desierto de Durango, don Valor aprendió el oficio y además, encontró una fuente de conocimientos en una surtida pila de libros que le regaló su antecesor.  Entre el esporádico reenvío de algún mensaje telegráfico y el concierto de las chicharras, sus actividades se limitaban fervientemente a la lectura y…  a quererse a sí mismo.
 Aquellos eran buenos años  - recordaba nostálgico don Valor -  y aunque el sueldo no era malo, me cansé de aquellos lejanos parajes, así que pedí un cambio de plaza, para cuando menos conversar con alguien“.  “¿Nomás conversar?” preguntó “El  Negro “.  Don Valor registró  la ironía del mecánico, pero la ignoró.  “ Yo quería regresar a Zacatecas para  ver si recuperaba mi reloj  Boum en Mercié” que perdí.  Para darle un sello de  autenticidad a su relato, don Valor pronunciaba la firma relojera con un marcado acento francés.  “ Yo tenía idea por donde había caído con mi Pourcel, así que una tarde de marzo me dirigí a las faldas del cerro de la Bufa.  Habían pasado poco menos de 9 meses. Puse mis manos en visera inspeccionando el paraje; revisé cuidadosamente bajo una nopalera; me acerqué a un mezquite y de repente un rayo del sol me lo descubrió: ¡Era mi reloj! ¡Y aun tenía cuerda! Marcaba la hora exacta, las cinco menos diez“.
El viejo hizo una de sus acostumbradas pausas, para sondear el ambiente que  en nosotros, creaba su relato.  Y el “Negro”, divertido, preguntó: “Vamos viendo don Valor, ¿ cómo estuvo eso… cómo que el reloj todavía tenía cuerda?  Don Valor respondió con el vigor que da el convencimiento: “El reloj estaba funcionando, como lo oyen y,  además, resplandecía como cuando lo compré en el Palacio de Hierro.  ¡Claro! No lo voy a negar,  al verlo yo también me asombré, hasta  llegué a pensar que era cosa del Diablo, así que lo dejé en su lugar y  me escondí tras unas  piedras, picado por la curiosidad. Ya estaba pardeando cuando la vi desde el agujero inspeccionar cautelosamente el entorno. Era una cascabel como de dos metros, que salió de su guarida al pie del mezquite y  cadenciosamente pasó su cuerpo sobre el reloj y, es entonces que lo comprendí todo: la víbora salía a su ronda nocturna, pasaba sobre el reloj, lo limpiaba, y de paso  “ le daba cuerda”; en su regreso hacía lo mismo, así que  ¡el enigma estaba resuelto! Y, como que hay Dios, que desde aquellos años jamás  me despego de  mi reloj, y  es el que ustedes van a  ver precisamente en este momento”. Don Valor se arremangó lentamente la camisa y paseó ante nuestros ojos un reloj muy viejo. No podría yo asegurar que fuera de una marca prestigiada. Pero eso era lo que menos importaba.

Don Valor se va

Por mis estudios me ausenté del taller Arruza y regresé en las vacaciones del verano del 73, y fue entonces que lo vi por última vez. Sus 89 años eran un pesado fardo sobre sus espaldas; sus ojos cansados se escudaban tras unas gafas oscuras; sus piernas torpes se auxiliaban con un andador. Pero ahí estaba, a las 11 en punto, como todos los sábados. Con una voz triste nos anunció: “ Vengo a despedirme de todos ustedes. Muy pronto haré un viaje muy largo. El más largo que yo he hecho y sin embargo, estoy tranquilo”. El silencio se apoderó del taller. “El Negro” le palmeo cariñosamente la espalda: “ Vamos, ánimo don Valor, a echarle ganas, aun le faltan algunos años por vivir“. El viejo lo miró extrañado y le respondió: Mira “Negro” yo a donde me voy es a Los Angeles, donde me espera mi hija Laurencia con los nietos, así que después de navidad por aquí nos vemos“.
 



Con los años comprendí que había conocido a un cuentero, un fabuloso contador de historias que echaba a volar la imaginación, con el colorido y  la  libertad de una parvada de tucanes.  

Don Valor era un cuentero, uno de esos fabulosos seres que los tiempos enterraron y que hoy, son solo un pintoresco recuerdo. El oficio de inventar  mundos con el  auxilio del verbo ha desaparecido. ¿Cuál será el motivo? ¿Será acaso que nos hemos contagiado irremediablemente de realidad?

miércoles, 2 de febrero de 2011

Don Valor, un villista memorioso

    
 

Con los años me enteré que se llamaba Herminio Rábago y había sido telegrafista. Durante mi  infancia  lo conocí simplemente como Don Valor.  Su cabello había extraviado el brillo de la juventud; sus piernas arqueadas bamboleaban a un cuerpo cansado y sin embargo, su memoria era una fuente de reminiscencias prodigiosas.  Recordaba con precisión los pasajes de la historia como La toma  de Torreón: “Paren bien la oreja: eran las 6:30  de una mañana muuuy helaaada, allá por el 15 de marzo de 1914,  cuando mi general Felipe Angeles - muy currito él - desde el Cerro de la Pila les recetó  a los federales los primeros demoniazos que cimbraron a la comarca”.  Salpicaba su narración con imágenes dramáticas: “ … El  cañoneo  arreciaba y  en la Plaza de Armas  vi volar por los aires la  pierna de un soldado huertista, que en su  alocado vuelo mató a un chanate.  ¡Vaya artillería la de Angeles!, nunca volví  a ver nada igual ”.   Como es de suponer, al escuchar aquello, abríamos los ojos  desmesuradamente y  la imaginación se disparaba. Don Valor, llegaba los sábados  a las 11 de la mañana al taller Arruza, donde un grupo de niños y los mecánicos hacíamos un círculo para escuchar sus historias.  Jamás repitió alguna.  
                                    Don Valor, poeta
Juraba  haber sido compañero de infancia del vate Ramón López  Velarde:  “El  Moncho era mi amigo, por ésta que no miento, y pa´l   que me alce la ceja,  ahí  les va de memoria la estrofa de Suave patria, que yo mismo le dicté a mi paisano“. Don Valor  dejó de lado su bordón, y  sentado desplegó sus brazos  y recitó aquello de: “ Patria: tu superficie es el maíz, tus muros el palacio del Rey de oros, y tu cielo, las garzas en desliz y el relámpago verde de los loros”.   Y  contagiado de emoción  gritó jubiloso: “¡Arriba Jerez Zacatecas, hijos de María Morales!”.  Algún día indagaré quienes  fueron esos hijos.  Aunque jamás pisó un aula, don Valor fue un hombre culto, aseguraba haber leído los “clásicos verdes” que en 1921 editó Vasconcelos.                                           
                               Don Valor, jinete
 Don Valor apuraba a sorbos un sotol de cuartito y su verbo se avivaba. “Nada, pero nada como la Toma de Zacatecas, ora sí mis hijos para que vean, esa sí que fue una batalla de tronío. Acomódense bien, porque les voy a contar mi aventura frente al cerro de la Bufa en aquel 23 de junio del 14 “.   El “Negro” Eusebio, con una estopa en las manos, le preguntó divertido: “Irelo, írelo  don Valor ¿ así que ya andaba usted con Los Dorados; pos oiga, cuantos años tenía?”  “19 años, entrados en 20 ” - Respondió el veterano irguiendo el pecho - “Nomás una cosa si le digo, ya no me interrumpa porque me  pierdo”.  Sacó un paliacate, se lo anudó en el cuello, suspiró hondo y  continuó.  “Era mío el caballo de mayor alzada entre los villistas. Era un percherón tordillo, un cromo aquel colosal bridón.  Ya pardeando se paseaba muy orondo entre la tropa con la cabeza en alto, levantando el polvo con sus patas peludas. Lo heredé de  un comerciante francés que huyó despavorido cuando se vino la bola. Se llamaba Pourcel, me refiero al caballo, el nombre del franchute jamás lo supe. Bueno, pues les decía: a las 10 de la mañana, al grito de fuego sin interrupción de Felipe Angeles, inició  el ataque a Zacatecas ”.
“ Mi general Villa ordenó la carga  de caballería y  resuelto  le di rienda a mi Pourcel  y  ahí  voy… ahí voy, avanzando a  galope tendido. Como ustedes comprenderán dejé  muy atrás a Los Dorados. En mi carrera oía zumbar la metralla, así como el  tranco de Pourcel con  un cadencioso tacatacatán… tacatacatán. Escuché un estruendo y  una nube de humo me envolvió.  El tranco de Pourcel cambió: ahora se escuchaba  un seco  tacatá.. tacatá…tacatá. Y yo intrigado volteaba  para todos lados. ¿Pues qué creen lo que pasó? “. Yo me alcé de hombros, el “Negro” entornó los ojos,  y don Valor nos reveló: “Pues que iba a ser, que un cañonazo le había volado de cuajo  los cuartos traseros a mi Pourcel y él, valeroso, siguió su marcha, aunque no por mucho; debemos  haber recorrido juntos algo así  como unos cuarenta metros, hasta que  el gigante se desplomó  sobre unas gobernadoras y yo, salí volando hasta cruzar las líneas enemigas”.  Don Valor hizo una pausa y se levantó.   Y luego don Valor, ¿qué pasó? - dije yo- Sí, ¿qué es lo que pasó pues, don Valor ?”, reclamó impaciente el “Negro”.  Aquel villista,  conocedor de la condición humana añadió con picardía: “Cómo que ya huele a sopa ¿no creen?  Y con una voz cascada canturreó: “Ya con esta me despido con la flor de una violeta, por la División del Norte fue tomada Zacatecas”. 
“ Primero dios, la semana que entra les contaré como me recuperé de la pavorosa caída  en un hospital de Zacatecas, sólo para darme cuenta que mi reloj de pulso de oro macizo, Baume &  Mercier-  el primero que  llegó  a este país- se me había perdido  en el fragor de la batalla y, lo increíble: ¡como lo encontré un año después bajo un mezquite, y aún con cuerda! ”
Querido lector: si me has acompañado hasta este punto, te invito a leer la próxima semana  la continuación de la narración de don Valor, cuando menos de lo que yo recuerdo. Lo espero aquí. ¿Le parece?
                                                                  

lunes, 10 de enero de 2011

En la casa de una pirata



Tengo un diplomado en Casas de Asistencia.

Lo obtuve por navegar durante años por algunas pensiones para estudiantes. Aún no estrenaba bigote cuando llegué a la primera de ellas. La bienvenida no pudo ser más aleccionadora. Revisándome de arriba abajo, una matrona regiomontana con los brazos en jarras me dijo: “ Vamos viendo mijito, vamos viendo…¿ Le gusta a usted la sopa?”. “Ah..! sí! - respondí con ingenuidad – como no, a mí me gusta mucho la sopa. -Pues me alegro, porque usted ha de saber que en esta casa solamente tenemos de dos sopas… o se la come, o ¡se la traga! “. Con aquel sutil recibimiento comprendí, que los placenteros días en la casa materna se alejaban irremediablemente.

El chateau de La pirata

Se llamaba Leonila Treviño, pero para todos en el mundo de los asistidos era “La pirata“. Era una señora cuya vida junto con su casona habían visto mejores años. Aseguraba haberse codeado con la crema y nata de la sociedad porfirista, por ello, a la menor provocación, mostraba un álbum plagado de fotos de saraos, recepciones diplomáticas y paseos campestres: “ Mire bien, ese que está aquí, sí el de aquí, escuche bien, es mi tío Cipriano Alvarez y Revilla, secretario particular de Limantour. A ver, dígame ¿ Sabe usted quien fue Limantour?. ¡Qué va, que va usted a andar sabiendo!”. Dicho esto, se marchaba con el garbo que le permitía sus casi 100 kilos, dejando a su paso el aroma de Coty. El sillón de la sala tenía un estampado francés intervenido con un mapa color sepia que le había dibujado una gotera. Un mal día, el tibor chino de alguna dinastía perdida, orgullo de La pirata, explotó por un escobazo que le propinó Hortensia, la criada miope que cazaba una mariposa negra. El tibor acabó en la basura y La pirata en el Hospital Universitario.

El tedio de las tardes se desperezaba con la música de un gramófono. La pirata giraba el manubrio ( ráca, ráca, ráca) y escuchábamos “Pompas ricas”, “ De Torreón a Lerdo, y, por supuesto, al Dr. Alfonso Ortiz Tirado. “¿ Sabe usted quien fue este preclaro ortopedista?. ¡Qué va, que va a andar usted sabiendo! “.

Quienes dirigen las casas de asistencia son damas de tres tipos: viudas, señoritas quedadas o bien, mujeres cuyos maridos son unos holgazanes. La verdad es que nunca supe a que categoría pertenecía La pirata. Al menos, marido no tenía.

Las opciones culinarias que se ofrecían en aquella casa, no eran abundantes ni muy variadas, aunque algunos platillos nos aterrorizaban: “ Mis niños, que creen, hoy amanecí muy británica y les preparé unos suculentos riñones y…si se portan bien, el sábado les preparo sesos a la Romanoff. ¡Mmm, que delicia!, por un platillo de estos, más de dos se batirían a duelo en Hyde Park. ¿Saben a lo que me refiero?. ¡Qué va, que van ustedes a andar sabiendo si no conocen más allá de Linares! ”.

Comes y te vas

Cuando se vive en una casa de asistencia se tiene que estar dispuesto a aceptar de todo, o casi todo: los alimentos se sirven bajo un estricto horario, por ello el llegar tarde a la mesa implica un ayuno forzoso ( Ad ovum ). Los domingos la cocina descansa.

Una noche llegué muy tarde y lo confirmé porque escuché a lo lejos el silbato de un tren. Las luces del comedor estaban apagadas. Un Gran danés, llamado “ Satán”, cuidaba el sueño de su patrona en la puerta de su alcoba. Subí a trancos la escalera. En la terraza encontré a mis compañeros jugando dominó. El hambre era mucha y el presupuesto exiguo, así que había que encontrar opciones para apagar el reclamo del cuerpo. “¿Qué cenaron?”. Me respondió Carlos Díaz,estudiante de ingeniería: “ La Pirata nos preparó sándwiches de jamón, pero ahí se quedó el tuyo, seguramente lo guardó en el refrigerador”.



Bajé sigilosamente la escalera. El “Satán” paró las orejas y emitió un gruñido seco que me marcó un alto. “Satancito… Satancito…”, fue lo que se me ocurrió decir, como si el diminutivo me diera un salvoconducto para proseguir. Funcionó. El perro me dejó pasar y así, a tientas, orientándome por el sonido encontré el refrigerador. Pero la noche me daría una sorpresa: unas cadenas apresaban el aparato reforzadas por un enorme candado.

“Como andamos hoy mis niños, se acerca el fin de mes, así que…ahí les encargo, ahí les encargo, porque si no, ya lo saben, la puerta está muy, pero muuuuuy ancha “. Para apoyar su amenaza, La pirata extendía los brazos que le daban una falsa imagen redentora.

El 31 de diciembre quise volver a ver la casona de La pirata, pero la desolación ocupaba su lugar.

A Valle Inclán le asiste la razón cuando afirma que : “ Las cosas no son como las vemos, sino como las recordamos”. La pirata de seguro me diría: “ A ver a ver, acaso sabe usted quien fue Valle Inclán. ¡Qué va, que va usted andar sabiendo…! “

miércoles, 8 de diciembre de 2010

¿ El sueño se acabó?


Un sueño que sueñas sólo, es solamente un sueño.
Un sueño que sueñas acompañado, es una realidad. 
John Lennon

Los británicos sufrían la pesadilla germana. La tormenta de los V2 abatía a fuego  y  sangre las calles londinenses.  A  tan sólo 350 kilómetros de la capital británica, en el grisáceo puerto de Liverpool, nacía el niño John Lennon.  Era el 9 de octubre de 1940. 
Mientras la  garra de Hitler aprisionaba a los ingleses, el primer ministro Winston Churchill, recurrió  a la flema británica y  ofreció a su pueblo: “ Sangre, sudor y lágrimas”.Inglaterra sufrió, sola, los embates del III Reich, hasta que el mundo despertó a la cordura y arribó la solidaridad.John Lennon vivió la crudeza de la economía de la post-guerra, cuyos efectos marcaron no sólo su personalidad sino las de toda su generación.
                         
La generación del pelo largo

Lennon y los Beatles, influyeron en una juventud que creyó que la convivencia civilizada era posible, y se atrevió a soñar con un mundo sin violencia.
Es la misma generación que protestó abiertamente ante la guerra de Viet-nam; la generación que fue reprimida en las universidades de Berkeley y Kent;  una generación cuyos ideales fueron combatidos con bayonetas tanto en las calles de París, como en la Plaza de Las Tres Culturas.       
                                         
El siglo de los 60´s

La década de los sesentas fue en realidad  un siglo.  Los múltiples acontecimientos políticos, económicos  y socio-culturales vividos en apenas diez años, tuvieron una clara influencia mundial, hasta ese momento, jamás experimentada.  
Para confirmarlo, lo invito a  una visión express:  en 1960 nacieron los Beatles;  en 1961 Yuri Gagarin giró alrededor de la tierra, al año siguiente hizo lo propio John H. Glenn; en 1963, el mundo lloró dos veces: primero por  Juan XXIII y luego por John F. Kennedy; Martin Luther King en 1964,  recibió el premio Nobel de la Paz; en 1965 los Rolling Stones llevaron  al tema Satisfaction  al primer lugar del Hit Parade: hay quienes lo señalaron como pornográfico, juicio moral  que alegró al grupo; En 1966 China inició su revolución cultural, cuyo rumbo sigue en marcha;  dos noticias marcaron el año de 1967, una jubilosa: se publicó Cien años de soledad, la otra deleznable, asesinaron al Che.  En 1968, la imaginación pretendió el poder y  sobrevino el zarpazo. En 1969  los norteamericanos llegaron a la luna. En 1970 y para sellar la historia de los Beatles, apareció el  albúm Let it be,  aunque fue grabado antes que Abbey Road.

Somos más famosos que Jesucristo

Los Beatles es el grupo musical más influyente de la historia. El liderazgo ideológico del grupo lo encarnó John Lennon, dueño de  un firme compromiso social con las clases trabajadoras. Sin embargo, la fama suele ser enervante.  En 1966, John Lennon declaró al vespertino londinense Evening Standard: “ Somos más famosos que Jesucristo “.  La frase escandalizó a las buenas conciencias y según algunos siquiatras, fue  el  germen  que anidó en la patología mental  de Mark David Chapman y unido a los traumas propios, motivó el crimen.
Meses antes del magnicidio leí  una entrevista  de John Lennon, en la que  un periodista le preguntó por su seguridad personal en  sus cotidianos paseos por Central Park:  “ John:  ¿ Qué haría usted si alguien durante sus paseos intenta agredirlo?.”   John impasible respondió: “ Yo corro “.  El entrevistador insistió:  “ ¿ Pero si el individuo corre detrás de usted?”.  “Ah bueno - respondió Lennon - entonces… yo  corro más rápido”.  Lennon era un pacifista, su vida y su obra así lo reflejan.

El  8 de diciembre de 1980, hace 30 años, cayó John Lennon frente a las puertas del edificio Dakota en Nueva York. No tuvo la oportunidad de correr.  Chapman lo  asesinó a traición.

 ¿El sueño se acabó?.  No lo sé. Quizá sea necesario despertar para seguir soñando.

viernes, 3 de diciembre de 2010

El descanso del guerrero



Su nombre es sonoro y armónico: Abelardo Casanova. La primera vez que lo escuché fue por una frase elogiosa pronunciada por el columnista de Excelsior Manuel Buendía, un hombre poco afecto a la lisonja. Desde ese momento supe que Abelardo Casanova era reconocido por sus pares como un destacado periodista. Activo el recuerdo: el verano de 1983 me topé con el calor sonorense, que solo amainó la refrescante amabilidad de Francisco Casanova Hernández y un tarro de cerveza en El Corral. Se tendían los primeros lazos de amistad con los Casanova.

Los primeros años de mi estancia en hoy mi ciudad, escuché atentamente las anécdotas sobre Casanova que atesoran todos aquellos que bajo su directriz se iniciaron en el periodismo sonorense.

Leí algunas de sus extraordinarias columnas así como sus dos libros; en los tres espacios descubrí su prosa fina, efecto inequívoco de un amante de la lectura. Conocí el sentido del humor del periodista, virtud que era su segunda piel.

Sus señalamientos tenían la precisión de la ballesta, producto del análisis de un libre pensador: su crítica aunque aguda, era respetuosa; su ironía fue siempre un exquisito mensaje cifrado.

A mí, mi “chayo”… y me callo

Abelardo Casanova encabezó en Sonora el periodismo comprometido con la defensa de la comunidad, siempre alejado, muy alejado de la vulgar prebenda que marca al deshonesto y contamina al medio de comunicación.

Le cuento una anécdota que lo confirma: En la década de los setentas uno de sus reporteros recibió de un funcionario un sobre con un billete de 500 pesos: en el medio, se le conoce a esto como “embute” o “ chayote”. El robusto reportero le informó puntualmente a su director.

La orden fue precisa: “Investiga donde se hospeda, luego vas al VH y con éste billete le compras un arcón de navidad y se lo llevas a su hotel con ésta tarjeta”. Norberto Aguirre Palancares, apenado se disculpo con Casanova. El mensaje era claro: el periódico Información era un terreno limpio, donde no germinaba la corrupción.

Casanova y el movimiento estudiantil

La valerosa defensa de Abelardo Casanova para los movimientos estudiantiles del 67 y 73, le valieron de uno de sus detractores el mote de “ El hippie viejo”: apodo francamente elogioso, comparado con los que se endosaron mutuamente los otros dos columnistas de la época. Por las bardas de la capital de Sonora brotó la infamia que cuestionaba la credibilidad del periodista: “Casanova miente”. El cetáceo socio-político regional daba coletazos al ser exhibido por un periodismo democrático y libertario.

Casanova editor

En su deceso se ha repetido lo verdadero: “Pionero del periodismo televisivo en Sonora”; “Un periodista culto”; “Hacía de la honestidad una práctica cotidiana”. Me permito agregar un dato: su fecunda labor como editor, ya que como Director de Publicaciones del Gobierno del Estado de Sonora, responsabilidad que ejerció entre 1987 al 1994, se publicaron y reeditaron a los mejores escritores sonorenses. Hermosillo es algo más que urbanismo y productividad: es la identidad que la huella de hombres como don Abelardo le han conferido.

Casanova el conversador

Lo afirma Vicente Leñero: “Siempre es un placer oír hablar a los que escriben”. La conversación con don Abelardo era eso: un placer. El periodista sabía rescatar hasta de los actos triviales, una enseñanza.

De entre muchas anécdotas que le escuché, recuerdo una: aficionado al boxeo, desde Joe Louis, pasando por el “Púas” Olivares hasta llegar a Pacquiao, brota la frase brillante: “En la vida como en el box, es mejor dar que recibir”. Así es mi querido don Abelardo, esa fue su divisa, precisamente, esa.

Gracias don Abelardo por sus consejos, por su ejemplo, por su amistad, por su bonhomía.

Va todo mi amor para la doña Czarina; va todo mi cariño para mis amigos Pancho, Yayo, Juan Antonio, María del Carmen y María de los Angeles.